A los sacerdotes jóvenes: “cuiden y formen su espiritualidad”

Mons. Alejo Zavala, con 50 años de vida sacerdotal

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Mons. Alejo Zavala Castro nos recibe en su casa de la Col. Ventura Puente, donde actualmente reside como Obispo Emérito de Chilpancingo-Chilapa. El pasado 21 de diciembre cumplió 50 años de sacerdote, diez días después, 75 de vida, y el pasado 4 del presente, 25 de su Elección como Obispo de Tlapa. Opina que cumplir medio siglo de sacerdocio “es una gracia de Dios muy grande, que no merece uno”.

Nació en Galeana (Mpio. de Puruándiro), Mich. Huérfano desde muy pequeño, su papá, dice, tuvo que ser a la vez papá y mamá: hacía todo, desde poner el nixtamal, molerlo, hacer las tortillas y la comida, y luego el trabajo del campo, a lo cual él desde muy chiquillo lo ayudaba.

Aprendió las primeras letras con él. Cuando tenía unos ocho años, se mudaron a vivir a Zacapu, donde con su papá trabajó como leñador, y una prima suya le enseñó Aritmética (y hasta Regla de Tres) y entró de acólito, de manera que pudo ingresar a la Primaria directamente al cuarto grado.

Y en sexto año de Primaria fue cuando él y sus condiscípulos recibieron en su escuela la invitación a ingresar al Seminario de Morelia, y él también la posibilidad de entrar a trabajar en la fábrica de Celanese que se había establecido ya en esa población. Quiso la Providencia que la persona que lo habría de llevar a examinarse a la fábrica no se presentó, y se fue, junto con otros 25 muchachos de Zacapu, a examinarse al Seminario de Morelia, de los cuales sólo fueron admitidos él y otro muchacho (José Luis Pineda, que no terminó).

Recuerda que el equipo de Formadores del Seminario era excelente. Allí lo recibió el Sr. Juan Jesús Posadas, que estaba casi recién ordenado, y que lo acompañaría durante todo el tiempo de Seminario. De sus maestros, como al P. Posadas, dice, “a todos los hicieron Obispos: el Sr. Tirado (Arzobispo de Monterrey), el Sr. Pérez-Gil (con quien estuve un año después de ordenado, en Mexicali), el Sr. Manuel Castro (Arzobispo de Yucatán), D. Victorino Álvarez (Obispo de Celaya), etc.”. De los 110 muchachos que empezaron el Curso, se ordenaron 23, y Mons. Alejo fue el único de ellos al que hicieron Obispo. Sobreviven 13 y se siguen reuniendo (aunque cuatro dejaron el ministerio y se casaron).

Fue ordenado Sacerdote el 20 de diciembre de 1966 por el Sr. Arzobispo D. Luis María Altamirano. Nunca fue ni vicario parroquial ni párroco. Trabajó en la Promoción Vocacional 15 años (1966-1982). Iba a las Parroquias a promover que entraran muchachos a Humanidades, incluso después de terminar la Secundaria (entonces entraban regularmente al terminar la primaria). En una ocasión, recuerda, hicieron jornadas vocacionales en los lugares de donde eran originarios quienes iban a ser ordenados sacerdotes en ese año. Recuerda que formó un equipo integrado por sacerdotes, religiosas y laicos, cuyo objetivo era que cada joven encontrara su camino de vida, aunque no necesariamente fuera el sacerdotal o el de consagrado.

Luego lo hicieron Vicario Episcopal en la Zona Bajío (1983-1992) cuando se crearon las Zonas Pastorales. Recuerda que nadie quería esa Zona, que “porque había muchos religiosos”; pero a él, dice, “me fue excelente. Los Agustinos me apoyaron de una forma tan bonita, que se hizo un ambiente bien bonito entre religiosos y diocesanos” y a él y a D. Estanislao los trataron muy bien.

Y en diciembre de 1992 le llegó el nombramiento como Primer Obispo de Tlapa (Guerrero), Diócesis que habría de fundar desde sus cimientos.

De su experiencia en Tlapa (en la zona de la Montaña de Guerrero, “una región totalmente olvidada por el Gobierno”), recuerda con nostalgia y cariño esos años en que tuvo que empezar con apenas 17 sacerdotes para un total de 20 Parroquias (a una de las cuales tenía él que llegar caminando once horas de ida y otras once de regreso), pero lo hacía con gusto, porque “la gente me respondió mucho muy bien”.

Recuerda que, desde que llegó a la Diócesis, había la inquietud entre el Presbiterio porque se formara el Seminario, pues pensaban lógicamente que si los muchachos de Tlapa se iban a Chilapa a estudiar, tal vez no regresarían a Tlapa a servir. Así que se dio a la tarea de promover e iniciar la edificación del Seminario (“el mejor Seminario de Guerrero: un milagro”, comenta alegremente, y dice que por eso él fue a celebrar sus 50 años de sacerdote allá), y la intensa promoción vocacional que permitió que iniciara con 25 muchachos el Seminario Menor, y, poco antes de que tuviera que dejar la Diócesis para pasar a la de Chilpancingo en 2005, pudiera ordenar a los primeros once sacerdotes de Tlapa. Recuerda el apoyo de los Misioneros del Espíritu Santo para iniciarlo. También tiene muy presente el impulso que le dio el propio Juan Pablo II, que supo que era una Diócesis de indígenas (hay tlapanecos, nahuas y mixtecos).

Siendo una zona de grandes rezagos y carencias en servicios (escasez de caminos, luz eléctrica, agua potable, salud, educación, etc.), por lo que se decía que era una región olvidada por el gobierno, recordó que en la sola ciudad de Salvatierra había 22 sacerdotes y en toda su Diócesis sólo 17, entonces era una zona olvidada también por la Iglesia.

También recuerda con emoción cómo fue que se fundó la Delegación de la CIRM en esa naciente Diócesis, con apenas tres religiosos y nueve religiosas, para lo cual tuvo que intervenir personalmente para que se autorizara la fundación pese a tan pequeño número, pero con tal éxito, que al año siguiente Tlapa fue sede de la Asamblea Nacional de Superiores Mayores de Religiosos –con unos 500 asistentes, que hospedaron en casas particulares–, y allí fueron luego a prestar sus servicios con sentido misionero 22 sacerdotes religiosos para reforzar la labor pastoral.

En el aspecto pastoral, con el refuerzo de los religiosos(as) y sacerdotes de otras Diócesis, se facilitó echar a andar las diversas Comisiones Diocesanas. Se hizo un Plan Diocesano de Pastoral, basado en las necesidades más urgentes, entre ellas la de que se observaran los derechos humanos. Se fundó el Centro de Derechos Humanos “Tlachinola”, uno de los más importantes en toda la República y que ha recibido incluso premios a nivel internacional por su labor de mejoramiento por medio del diálogo. Recuerda también con gratitud al ex gobernador guerrerense Mario Ruiz Massieu, pacífico y participativo en relación con la Iglesia, quien le manifestó su agrado por la nueva Diócesis y reconoció que los gobiernos no habían sabido tratar a la gente de aquel lugar, e incluso le brindó el apoyo del Estado para la remodelación del templo que sería la Catedral, la casa episcopal, la “Casa Católica” y vehículos para la Iglesia.

De su ministerio en Chilpancingo-Chilapa, recuerda la difícil situación que se dio por la división suscitada por el cambio de la sede de Chilapa a Chilpancingo (la capital del Estado) –que se hizo al mismo tiempo que se creó la Diócesis de Tlapa y que se erigió Arquidiócesis a Acapulco y no a Chilapa–, por lo que sufrió mucho el anterior Obispo D. Efrén Ramos, a quien injustamente se le achacaba la responsabilidad de todo ello, división que persistía entre el Presbiterio y entre los fieles, pero que finalmente se pudo zanjar.

De los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Acapulco, a la que pertenecen Tlapa y Chilpancingo, recuerda con respeto y afecto a Mons. Rafael Bello, quien fue Arzobispo Metropolitano, del que, dice, “fue un hombre extraordinariamente bueno”, que trabajó mucho por la unidad de los Obispos de Guerrero. Lamentaron mucho su muerte. (Por cierto, nos confía que le tocó a él, como ‘decano’ de los Obispos de esa Provincia dar su opinión a nombre de ellos en favor de Mons. Garfias en la terna para suceder a Mons. Bello.)

Respecto de nuestra Arquidiócesis, dice que le favorece tener un Presbiterio muy numeroso y unido, y se puede organizar bien la pastoral diocesana. Como retos pastorales actuales, ve el secularismo, la falta de evangelización, un número reducido de agentes, de gente cercana a la Iglesia; en las familias hay desintegración, parejas que se separan o no están casadas por la Iglesia, aspecto que habría que atender directamente.

A los sacerdotes jóvenes, les aconseja que si son vicarios busquen integrarse bien en el trabajo con sus párrocos, y que aprendan a integrarse en el trabajo con los sacerdotes mayores –cosa que debería atenderse desde el Seminario–; seguir la formación permanente del Clero; y que cuiden su espiritualidad y la formación de ésta.

Ve con optimismo la organización de la Diócesis, de las Parroquias, de los grupos apostólicos, la integración de laicos en la pastoral, que ha ido mejorando y ha ido creciendo, y hay que prepararlos para que participen más en las tareas pastorales de las Parroquias y de la Diócesis. Un aspecto importante sería el acercamiento de la juventud: se ve dificultad de que los jóvenes participen en la vida parroquial y en la pastoral. En Misa y en el confesionario, su presencia es muy reducida; los jóvenes que participan en los coros, por ejemplo, les dan vitalidad, señala. Y nos quedamos pensando: ¡ojalá lo hicieran en todas las demás actividades!

M.S. Avilés

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